
Comentaba con D. que podríamos explicar cada uno de los pasos como los de un viaje: preparamos las maletas y el bolso de mano (nos aseguramos de no llevar líquidos, objetos punzantes o cualquier objeto metálico que pueda ser peligroso), nos disponemos a ir al aeropuerto y, una vez allí, una larga cola hasta que conseguimos facturar las maletas. Una vez que el bagaje que quieres que te acompañe te está esperando para partir, lo único que queda es esperar. Esperar y embarcar. De los peores momentos para mí, sin duda. Un viaje largo, son casi 50 horas de avión. Parece que vamos a dar la vuelta al mundo. Espero que no haya ningún trasbordo, de lo contrario, el viaje se hará más largo. Posiblemente me desespere, y lo pase mal. Posiblemente a 20 horas del viaje querré darme la vuelta, y no me consolará pensar que son 30 horas de destino frente a las 20 de vuelta. No sabré qué hacer, probablemente me coma las uñas hasta la primera falange. Es un viaje de un solo sentido. Y no admite marcha atrás, una vez en el avión es aguantar con estoicismo. La llegada es casi la mejor parte. Son un par de días hasta que te recuperas de los efectos del viaje: Jet-Lag, el nuevo paisaje y acostumbrarse a las nuevas calles y... de repente... ya está. Desde luego es un viaje difícil, pero estoy cargado hasta arriba. Cargado de ganas y cargado de dudas, y ya no hay marcha atrás. Por lo pronto, voy a terminar de hacer la maleta. Me queda un par de cosas, pero está ya casi lista.
Jesus is the new black.
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